UN MOMENTO CON DIOS
La paradoja de la injusticia
terrenal
"Vi además aquí abajo: en el lugar del juicio, allí estaba la impiedad; y en el lugar de la justicia, allí estaba la iniquidad." (Eclesiastés 3. 16)
El libro de Eclesiastés se
caracteriza por su honestidad brutal. El Predicador, no maquilla la realidad ni
ofrece respuestas simplistas a los dolores de la experiencia humana. En este
pasaje, el autor dirige su mirada hacia una de las áreas más sensibles de la
convivencia social, los tribunales y las instituciones encargadas de impartir
orden. Su observación es desalentadora pero profundamente realista, allí donde
debería reinar la rectitud y el amparo para el desvalido, lo que encuentra es
corrupción, maldad y abuso de poder.
Esta desconcertante realidad
genera una profunda crisis existencial. Por naturaleza, el ser humano posee un
sentido innato de justicia; esperamos que los malos sean castigados y los
inocentes protegidos. Sin embargo, cuando la iniquidad se disfraza de legalidad
y los encargados de aplicar la ley la tuercen para su propio beneficio, la
sociedad experimenta desamparo y frustración.
El Predicador nos recuerda que
ningún sistema humano, por perfecto u organizado que parezca en el papel, está
exento de la contaminación del egoísmo y el pecado. Depositar una fe ciega y
absoluta en las estructuras terrenales es una invitación segura al desencanto.
No obstante, esta observación
no busca hundirnos en el cinismo o la apatía social, sino reubicar nuestra
esperanza. Al evidenciar que la justicia perfecta no existe "aquí
abajo" (bajo el sol), la sabiduría bíblica nos obliga a levantar la mirada
hacia "allí arriba". La imperfección de los tribunales humanos es el
argumento más sólido para la necesidad de un tribunal divino. Si la historia
terminara con la injusticia terrenal impune, la existencia carecería de
sentido. Por lo tanto, notar la iniquidad en el lugar del juicio nos prepara
para la resolución que el propio autor plantea en el versículo siguiente: que
Dios juzgará al justo y al impío en su tiempo determinado.
Aprender a vivir en un mundo
caído implica aceptar que sufriremos o presenciaremos injusticias. No nos
sorprendamos ni nos desestabilicemos espiritualmente cuando los sistemas fallen
o las personas actúen con parcialidad. Mantengamos nuestra confianza última
arraigada en el carácter inmutable de Dios, quien es el único Juez justo y
definitivo, en lugar de buscar la validación absoluta de los hombres.
Aunque no podamos cambiar la
burocracia ni erradicar la corrupción global, estamos llamados a que en
"nuestro lugar de juicio", nuestras decisiones, negocios y tratos
diarios, no habitemos la impiedad. Asegurémonos de ser agentes de equidad y
verdad con quienes nos rodean, defendiendo lo correcto incluso cuando el
entorno premie la conveniencia y la ventaja deshonesta.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si
estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios
has esta oración:
Señor
Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego
mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites
en mí por siempre. Amén.

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