jueves, 23 de julio de 2026

Un momento... La paradoja de la injusticia terrenal


 

UN MOMENTO CON DIOS

La paradoja de la injusticia terrenal

 

"Vi además aquí abajo: en el lugar del juicio, allí estaba la impiedad; y en el lugar de la justicia, allí estaba la iniquidad."  (Eclesiastés 3. 16)

 

El libro de Eclesiastés se caracteriza por su honestidad brutal. El Predicador, no maquilla la realidad ni ofrece respuestas simplistas a los dolores de la experiencia humana. En este pasaje, el autor dirige su mirada hacia una de las áreas más sensibles de la convivencia social, los tribunales y las instituciones encargadas de impartir orden. Su observación es desalentadora pero profundamente realista, allí donde debería reinar la rectitud y el amparo para el desvalido, lo que encuentra es corrupción, maldad y abuso de poder.

Esta desconcertante realidad genera una profunda crisis existencial. Por naturaleza, el ser humano posee un sentido innato de justicia; esperamos que los malos sean castigados y los inocentes protegidos. Sin embargo, cuando la iniquidad se disfraza de legalidad y los encargados de aplicar la ley la tuercen para su propio beneficio, la sociedad experimenta desamparo y frustración.

El Predicador nos recuerda que ningún sistema humano, por perfecto u organizado que parezca en el papel, está exento de la contaminación del egoísmo y el pecado. Depositar una fe ciega y absoluta en las estructuras terrenales es una invitación segura al desencanto.

No obstante, esta observación no busca hundirnos en el cinismo o la apatía social, sino reubicar nuestra esperanza. Al evidenciar que la justicia perfecta no existe "aquí abajo" (bajo el sol), la sabiduría bíblica nos obliga a levantar la mirada hacia "allí arriba". La imperfección de los tribunales humanos es el argumento más sólido para la necesidad de un tribunal divino. Si la historia terminara con la injusticia terrenal impune, la existencia carecería de sentido. Por lo tanto, notar la iniquidad en el lugar del juicio nos prepara para la resolución que el propio autor plantea en el versículo siguiente: que Dios juzgará al justo y al impío en su tiempo determinado.

Aprender a vivir en un mundo caído implica aceptar que sufriremos o presenciaremos injusticias. No nos sorprendamos ni nos desestabilicemos espiritualmente cuando los sistemas fallen o las personas actúen con parcialidad. Mantengamos nuestra confianza última arraigada en el carácter inmutable de Dios, quien es el único Juez justo y definitivo, en lugar de buscar la validación absoluta de los hombres.

Aunque no podamos cambiar la burocracia ni erradicar la corrupción global, estamos llamados a que en "nuestro lugar de juicio", nuestras decisiones, negocios y tratos diarios, no habitemos la impiedad. Asegurémonos de ser agentes de equidad y verdad con quienes nos rodean, defendiendo lo correcto incluso cuando el entorno premie la conveniencia y la ventaja deshonesta.

Dios les bendiga abundantemente.

 

 

Si estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:

 

Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

 

 

 

 

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