UN MOMENTO CON DIOS
Cuando el Alma Necesita Ser
Escuchada
«Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu fidelidad, por tu justicia.» (Salmo 143. 1)
Hay momentos en la vida donde
las fuerzas se agotan, el entorno se vuelve hostil y lo único que nos queda es
un suspiro atrapado en la garganta. El Salmo 143 es el último de los llamados
"salmos penitenciales" o de lamento de David. Se cree que fue escrito
en uno de los períodos más oscuros de su vida, probablemente mientras huía de
su propio hijo Absalón o se escondía en la frialdad de una cueva. David no
estaba lidiando con un mal día; estaba lidiando con un alma quebrantada.
Sin embargo, lo fascinante de
este primer versículo no es la gravedad de su crisis, sino el anclaje de su fe.
En una sola frase, David nos enseña cómo abrir el corazón ante Dios cuando ya
no nos quedan fuerzas para aparentar:
Una vulnerabilidad sin
filtros: Al decir "oye mi oración, escucha mis ruegos", el salmista
no usa una liturgia rígida ni palabras ensayadas. Desnuda su necesidad.
Reconoce que depende enteramente de que el Creador del universo incline su oído
hacia él. La oración no es un examen de elocuencia; es un grito de auxilio que
Dios jamás ignora.
El fundamento correcto: Esto
es lo más profundo del verso. David no pide ser escuchado porque él sea un buen
rey, porque sea perfecto o porque "se lo merezca". Él apela a dos
atributos divinos inmutables: la fidelidad y la justicia de Dios.
Cuando basamos nuestras
oraciones en nuestro propio desempeño, siempre nos sentiremos indignos de ser
escuchados. Pero cuando oramos basados en la fidelidad de Dios, Su incapacidad
de fallar a Sus promesas, y en Su justicia, encontramos un terreno firme donde
sostenernos.
¿Cuántas veces nos hemos
abstenido de orar porque sentimos que hemos fallado, o porque creemos que nuestros
problemas son "demasiado pequeños" o "demasiado
repetitivos" para Dios? El Salmo 143. 1 rompe esa barrera.
Hacer teología en medio del
dolor significa recordar quién es Dios cuando todo a nuestro alrededor parece
desmoronarse. Hoy podemos acercarnos al trono de la gracia con la total certeza
de que no se nos pide una fe perfecta, sino un corazón sincero. Dios nos
responde porque Él es fiel, no porque nosotros seamos infalibles.
Si nuestra oración de hoy dependiera
exclusivamente de la fidelidad de Dios y no de nuestras circunstancias
actuales, ¿con qué tanta confianza nos acercaríamos a Su presencia?
Dios les bendiga
abundantemente.
Si
estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios
has esta oración:
Señor
Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego
mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites
en mí por siempre. Amén.

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