UN MOMENTO CON DIOS
¿Sabemos cuánto valemos?
“Porque te amo y eres ante mis ojos precioso y digno de honra” (Isaías 43. 4)
Muchas personas
han nacido en hogares donde sus padres no los han amado y los han maltratado.
Crecieron creyendo que no servían para nada, con el latiguillo sobre sus
cabezas “no vales nada”.
Estando convencidos de
que, si sus padres no lo valoraban y creían que no sabía hacer nada, el resto
de la gente mucho menos los tendría en cuenta. Pensaban que estaban condenados
al fracaso.
Muchos de ellos, a
pesar de tener logros en sus vidas y conseguir progresar en lo que hacen,
siguen sintiendo en su interior ese famoso latiguillo “no vales nada”.
Aun cuando conocen el
amor de Dios les cuesta entender que hay un Padre Celestial que los ama y que
los valora.
Les toma mucho tiempo
darse cuenta de que sus padres terrenales estaban equivocados, y que su Padre
Celestial los ama y lo valora hasta que llegan a entender plenamente lo que Pablo escribió: «De
modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron;
todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5.17).
En nuestra sociedad
está muy arraigado el siguiente concepto: “Dime cuánto tienes y te diré
cuanto vales”; para muchos el valor de las personas está en sus recursos
económicos. Este concepto, influencia a muchos, creando así pocos valiosos y
muchos sin valor. Si pensamos en el valor de algún objeto preciado y si podemos
darnos cuenta del valor que tiene, éste será reflejado en su precio, dejando en
claro que lo que vale mucho, tiene un precio muy alto.
Pero el valor de la
vida humana no puede compararse a ninguna otra cosa en el mundo. DIOS
estableció nuestro valor cuando nos creó; Él nos hizo a cada uno único y lo
honramos cuando aceptamos nuestra singularidad. DIOS nos creó con la variedad
que necesitamos para cumplir el propósito designado para cada uno.
La Palabra de Dios nos
dice en Juan 3.16 “De tal manera, amó DIOS al mundo que ha dado a su único
Hijo, para que todo aquel que en El crea, no se pierda más tenga vida
eterna.”
Dios pagó un precio muy
alto, entregando a Su propio Hijo por nosotros, precio de sangre; y esto nos
debe llevar a pensar que el valor que nosotros tenemos para Dios es muy alto.
Éste es el real valor de nuestras vidas, y debería ser sólo este concepto el
que nos influencie.
¿Y nosotros? ¿Sentimos
que no valemos nada? Si es así, éste es el tiempo de acercarnos a Dios. En
nuestras inseguridades ÉL quiere mostrarnos el camino a seguir, dándonos las
respuestas que necesitamos a todas nuestras preguntas.
No hay necesidad de que
nos sintamos incompetentes al lado de nadie cuando tenemos una relación íntima
con Aquel que nos creó.
Independientemente de
lo que alguien nos haya dicho, Aquel que cuenta, Dios, nos ve como una hermosa
nueva creación y seguirá moldeándonos para Sus buenos propósitos. ÉL se deleita
en cada uno de nosotros porque nos ama.
Dios les bendiga
abundantemente.
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