UN MOMENTO CON DIOS
Mantener el rumbo
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”. (Hebreos 12. 1 – 2)
La vida cristiana es similar a
una carrera, ya que tiene un trayecto predeterminado y una línea de meta, la
eternidad. Cada creyente tiene una ruta personalizada especialmente diseñada
por el Señor. Nuestro objetivo es mantener el rumbo y correr con paciencia,
pero el camino sólo puede ser entendido y recorrido manteniendo la mirada en
Jesús. Por haber Él corrido la carrera de una manera perfecta, y mantenido el
rumbo, puede mostrarnos el camino.
Como en cualquier carrera, el
recorrido está lleno de obstáculos que amenazan con hacernos fallar o
desviarnos. Las tentaciones nos hacen imaginar exuberantes pastos verdes,
mientras que el ajetreo puede llevarnos por caminos desconocidos que terminarán
agotándonos. La preocupación y el temor se apoderarán de nuestra mente, y las
emociones nos llevarán a situaciones que el Señor nunca quiso para nosotros.
Pero, aunque los pecados son
los estorbos más evidentes, hay otros obstáculos y desvíos más sutiles. Todo lo
que tenga prioridad sobre nuestra relación con el Señor puede enviarnos por el
camino equivocado. Puesto que la participación en las actividades cotidianas de
la vida terrenal es necesaria, es fácil dejar que la familia, el trabajo y los
placeres nos aparten de una búsqueda sincera de Cristo. Para sorpresa nuestra,
aún las bendiciones de Dios pueden convertirse en obstáculos en la carrera, si
las buscamos más que al Señor.
Debemos recordar que el
objetivo no es centrarse en la ruta, ni tratar de encontrar nuestro propio
camino; sino fijar nuestros ojos en Jesús; el Señor no sólo es nuestro guía
sino también nuestro destino. Y Él nos dará la bienvenida con los brazos
abiertos cuando acabemos la carrera y crucemos la meta de la eternidad.
Dios les bendiga
abundantemente.
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