UN MOMENTO CON DIOS
La perseverancia en la oración
En la sociedad del siglo I,
una viuda representaba a uno de los sectores más indefensos e ignorados. No
tenía influencia, dinero ni protección social para exigir justicia. Del otro
lado estaba un juez que "ni temía a Dios ni respetaba a hombre
alguno". Ante la indiferencia de este hombre, la única arma de la viuda
fue su persistencia.
Ella no se rindió ante la
negativa inicial ni ante el silencio. Volvía una y otra vez buscando justicia.
Finalmente, el juez cedió no por compasión o sentido del deber, sino para
evitar que la mujer continuara molestándolo. Si un juez corrompido e insensible
responde a la insistencia, ¿cuánto más responderá nuestro Padre celestial, que
es infinitamente bueno y justo?
Jesús no compara a Dios con el
juez injusto; los contrasta. Dios no escucha nuestras oraciones con desgano ni
por obligación. Él ama a sus elegidos y conoce sus luchas cotidianas.
Cuando sentimos que las
respuestas a nuestras peticiones tardan en llegar, la parábola nos recuerda que
la aparente demora de Dios no es indiferencia, sino parte de su tiempo
perfecto. La perseverancia en la oración no busca torcer el brazo de Dios, sino
alinear nuestro corazón con su voluntad mientras aprendemos a depender
completamente de Él.
Esta enseñanza nos confronta
con la tentación moderna del cansancio y la inmediatez:
Resistir la apatía espiritual:
Vivimos en una cultura del resultado instantáneo. Cuando la respuesta no llega
rápido, la tendencia es abandonar la oración. Jesús nos llama a insistir con
fe.
Confiar en la justicia divina:
Aunque en el mundo abunde la inequidad, debemos mantener la certeza de que Dios
hará justicia a su tiempo.
Una fe activa: El capítulo
cierra con una pregunta punzante: "Cuando venga el Hijo del Hombre,
¿hallará fe en la tierra?". La verdadera fe se manifiesta en una oración
perseverante que no se rinde frente a la adversidad.
Hoy, Jesús nos anima a
mantener viva la llama de la oración, confiando en que Dios escucha, atiende y
responde a sus hijos con amor y justicia.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado
o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta
oración:
Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi
corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que
me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

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