UN MOMENTO CON DIOS
El amor práctico y la
compasión genuina
Lucas 7. 1 – 10
La sanación del siervo del centurión romano, presenta uno de los testimonios de fe más extraordinarios de los Evangelios. Aunque el oficial era un gentil que representaba al ejército de ocupación, su actitud hacia Dios y hacia las personas revela principios espirituales de gran vigencia.
En la antigüedad, los siervos
solían ser considerados meros instrumentos de trabajo desprovistos de derechos.
Sin embargo, este centurión estimaba profundamente a su siervo enfermo y buscó
auxilio para salvarle la vida. La verdadera fe no es una noción teórica; se
manifiesta en el cuidado sincero por los demás, especialmente por aquellos en
situación de vulnerabilidad o necesidad.
Aunque ostentaba autoridad,
estatus social y poder militar, el centurión envió ancianos judíos a Jesús
expresando: «Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi
techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti». Su fe no se basaba
en méritos propios ni en su posición terrenal, sino en una profunda reverencia
ante la santidad de Cristo. Reconocer la propia indignidad es la puerta de
entrada a la gracia de Dios.
El aspecto más sobresaliente
del oficial fue su comprensión de la autoridad espiritual. Acostumbrado a dar
órdenes que sus soldados obedecían de inmediato, reconoció que Jesús poseía un
dominio superior sobre las enfermedades y la creación. Por eso afirmó: «Pero di
la palabra, y mi siervo será sano». El centurión no exigió señales visibles,
rituales complejos ni la presencia física del Maestro; entendió que una sola
palabra de Jesús basta para cambiar cualquier circunstancia.
Lucas registra que al oír
esto, Jesús «se maravilló de él» y declaró ante la multitud: «Os digo que ni
aun en Israel he hallado tanta fe». Resulta revelador que la fe más admirada
por Cristo viniera de alguien ajeno al pueblo elegido, demostrando que el Reino
de Dios no está limitado por barreras étnicas, culturales o religiosas, sino
abierto a todo corazón que confía con sinceridad.
La historia del centurión
enseña que una fe madura une la compasión por el prójimo, una profunda humildad
personal y una confianza inquebrantable en la autoridad suprema de la palabra
de Cristo.
Dios les bendiga abundantemente.
Si estás alejado o si nunca
antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:
Señor Jesús, me arrepiento de
mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo
como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre.
Amén.

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