UN MOMENTO CON DIOS
El llamado a discipular al
mundo
Mateo 28. 16 - 20 marca la culminación del Evangelio de Mateo y define la misión fundamental de la Iglesia. Después de su resurrección, Jesús cita a sus discípulos en un monte de Galilea para entregarles la Gran Comisión, un mandato que trasciende la época apostólica y sigue vigente para todo creyente.
La base de la misión: La
autoridad de Cristo.
Antes de emitir cualquier
mandato, Jesús establece el fundamento de la misión: “Toda potestad me es dada
en el cielo y en la tierra” (v. 18). La tarea evangelizadora no reposa en la
elocuencia, las estrategias ni los recursos humanos, sino en la soberanía
absoluta del Rey resucitado. Es su autoridad soberana la que nos respalda y nos
impulsa a avanzar sin temor ante la oposición o el desánimo.
El corazón del mandato: Hacer
discípulos
El verbo principal en el texto
original es “haced discípulos”, mientras que “ir”, “bautizar” y “enseñar”
funcionan como los medios para lograrlo.
Ir implica salir de nuestra
zona de confort y llevar el mensaje de salvación a todas las naciones,
rompiendo barreras culturales y geográficas.
Bautizar simboliza la
incorporación del creyente a la comunidad de fe y su identificación pública con
la muerte y resurrección de Cristo, en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo.
Enseñar, el discipulado no
termina con la conversión. Consiste en instruir a los creyentes para que
guarden y obedezcan todo lo que Jesús mandó, transformando su estilo de vida a
la imagen de Cristo.
La promesa consoladora: Su
presencia continua
La Gran Comisión cierra con
una de las promesas más reconfortantes de las Escrituras: “Y he aquí yo estoy
con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (v. 20). No somos enviados
en nuestras propias fuerzas. Jesús promete su compañía ininterrumpida y activa
a través del Espíritu Santo, fortaleciéndonos en cada paso del camino.
La Gran Comisión no es una
sugerencia ni una tarea reservada exclusivamente para pastores o misioneros a
tiempo completo; es la vocación suprema de cada seguidor de Jesús. En nuestro
entorno diario, el hogar, el trabajo o la comunidad estamos llamados a dar
testimonio del Evangelio, acompañar a otros en su crecimiento espiritual y
recordar que la presencia de Cristo nos garantiza la victoria final.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado
o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta
oración:
Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi
corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que
me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

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