UN MOMENTO CON DIOS
Las tormentas pasan aun en
obediencia a Cristo
El relato comienza con una
indicación clara de Jesús: «Pasemos al otro lado del lago». Los discípulos no
se encontraban en peligro por desobediencia o imprudencia, sino por seguir al
Maestro. Esto enseña que estar en la voluntad de Dios o caminar cerca de Jesús
no exime al creyente de atravesar dificultades, problemas económicos, pérdidas
o crisis personales. Las pruebas forman parte natural del discipulado.
Mientas se desencadenaba una
furiosa tempestad que anegaba la barca, Jesús dormía plácidamente en la popa.
Este sueño no reflejaba indiferencia, sino una confianza absoluta en el cuidado
del Padre. Por el contrario, los discípulos, dominados por el pánico, lo
despertaron gritando: «¡Maestro, Maestro, que perecemos!». El temor excesivo
surge cuando la mirada se concentra en la magnitud de los vientos y las olas en
lugar de fijarse en la presencia de quien viaja en la misma embarcación.
Al levantarse, Jesús no
utilizó fórmulas ni rituales; simplemente «reprendió al viento y a las olas; y
cesaron, y se hizo bonanza». Un acto tan rotundo demuestra que Cristo no solo
tiene autoridad sobre las enfermedades o los espíritus impuros, sino también
sobre las fuerzas de la naturaleza. Su palabra posee la misma capacidad
creadora y ordenadora que en el principio de los tiempos.
Tras calmar las aguas, Jesús
confrontó con firmeza a sus seguidores: «¿Dónde está vuestra fe?». La fe no
consiste en asumir que no habrá tormentas, sino en recordar quién está al mando
durante la tormenta. Asombrados y atemorizados, los discípulos se preguntaban:
«¿Quién es este, que aun a los vientos y al agua manda, y le obedecen?».
El pasaje de Lucas 8 invita a
recordar que ninguna tempestad de la vida es más grande que la autoridad de
Cristo. Cuando la barca de nuestra vida parece hundirse, la solución no es
dejarse llevar por la desesperación, sino acudir con fe al Señor, reconociendo
que con Él a bordo el destino seguro está garantizado.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si
estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios
has esta oración:
Señor
Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego
mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites
en mí por siempre. Amén.

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