UN MOMENTO CON DIOS
Un desafío a la fe
Al retirarse a un lugar
apartado cerca de Betsaida, las multitudes siguieron a Jesús. Lejos de
molestarse por la interrupción, el Maestro los acogió, les habló del Reino de
Dios y sanó a los enfermos. Al caer la tarde, los doce apóstoles sugirieron una
solución lógica y pragmática: despedir a la gente para que buscaran comida y
alojamiento en las aldeas cercanas. Sin embargo, la fe bíblica no busca evadir
la necesidad del prójimo, sino responder a ella con el amor de Dios.
Sorprendiendo a sus discípulos,
Jesús les dijo: «Dadles vosotros de comer». Con esta orden, el Señor buscaba
confrontar sus limitaciones y moverlos a depender del poder divino. La
respuesta de los apóstoles reflejó escasez y cálculos humanos: solo contaban
con cinco panes y dos peces. La enseñanza es clara: Dios no nos pide que
tengamos recursos ilimitados, sino que pongamos en sus manos lo poco que
poseemos. La fe comienza cuando entregamos nuestras pequeñas capacidades e
insuficiencias al Creador.
Jesús organizó a la multitud
en grupos de cincuenta, enseñando que Dios es un Dios de orden. Luego, tomando
los cinco panes y los dos peces, miró al cielo, los bendijo, los partió y los
dio a los discípulos para que los repartieran. El milagro no ocurrió de forma
estruendosa, sino a medida que el pan y los peces eran partidos y compartidos.
La fe se activa en la acción de dar y obedecer.
El pasaje concluye destacando
que «comieron todos y se saciaron», y se recogieron doce cestas de pedazos
sobrantes. Esta sobreabundancia demuestra que Jesús no solo satisface
superficialmente, sino que su gracia llena por completo las necesidades
espirituales y materiales del ser humano.
La alimentación de los cinco
mil enseña que, cuando ponemos nuestros escasos recursos en las manos de Jesús
con fe y gratitud, Él los multiplica para bendición y alimento de muchos.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si
estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios
has esta oración:
Señor
Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego
mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites
en mí por siempre. Amén.

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