UN MOMENTO CON DIOS
La paciencia de Dios tiene un
propósito
«El Señor es lento para la ira
y grande en poder, y el Señor de ninguna manera dejará impune al culpable». (Nahúm
1.3)
El versículo Nahúm 1.3 nos enseña que Dios es lento para la ira y grande en poder, pero no dejará impune al culpable.
El libro de Nahúm profetiza la
caída de Nínive, la capital del imperio asirio. Cien años antes, en los días
del profeta Jonás, Nínive se había arrepentido y Dios le había mostrado
misericordia. Sin embargo, con el pasar de las décadas, la ciudad olvidó ese
arrepentimiento, volvió a la violencia extrema, a la crueldad y a la arrogancia
contra Dios.
Cuando leemos que «el Señor es
lento para la ira», vemos el carácter paciente de Dios. Él no salta rápidamente
a castigar; da tiempo, ofrece oportunidades y espera que el ser humano se
vuelva de su mal camino. Esa paciencia es una muestra de su inmensa gracia.
Pero el texto añade una verdad
que no debemos ignorar: «y de ninguna manera dejará impune al culpable». La
paciencia de Dios no significa debilidad, indiferencia ni complicidad con el
pecado. Significa que el juicio se detiene para dar espacio al perdón, pero si
el corazón endurecido persiste en la maldad de forma definitiva, la justicia
perfecta se manifestará en su tiempo exacto.
Su paciencia es una invitación
al cambio: Si hoy toleramos errores o alejamiento de Dios, su tardanza en
juzgar no es permiso para continuar, sino una ventana de gracia para
arrepentirnos.
La justicia divina es segura:
En los momentos de angustia o cuando vemos injusticia a nuestro alrededor, este
versículo es un refugio. Nos recuerda que el mal no tendrá la última palabra
para siempre.
Confianza y reverencia: Saber
que Dios es «grande en poder» nos enseña a vivir con un sano temor de Dios,
respetando su santidad y refugiándonos en su amor a través de Cristo, quien
llevó sobre sí la culpa que merecíamos.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado
o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta
oración:
Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi
corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que
me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

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