UN MOMENTO CON DIOS
La Fuente de la Victoria
1 Crónicas 18
El capítulo 18 de 1 Crónicas describe cómo David derrota a los filisteos, moabitas, sirios y edomitas. Es una lista impresionante de conquistas que extendieron las fronteras de Israel a niveles nunca antes vistos. Sin embargo, en medio del ruido de las espadas y el recuento de los botines, el autor inserta una frase que es la columna vertebral de todo el capítulo: "Jehová daba la victoria a David por dondequiera que iba" (v. 6 y v. 13)
David era un estratega
brillante y sus valientes eran guerreros formidables. Podría haber caído
fácilmente en la tentación de atribuir el éxito a su destreza militar o a su
astucia política. No obstante, el texto bíblico nos recuerda que el factor
determinante no era el brazo de carne, sino la mano de Dios.
En nuestra vida diaria, a
menudo confundimos nuestras habilidades con la fuente de nuestro éxito. Es
fácil olvidar a Dios cuando las cosas van bien. Este capítulo nos enseña que el
éxito verdadero es aquel que se reconoce como una concesión de la gracia
divina, no como un logro meramente humano.
Un detalle crucial es lo que
David hace con las riquezas obtenidas de sus enemigos: "Las cuales el rey
David dedicó a Jehová, con la plata y el oro que había tomado de todas las
naciones" (v. 11)
David no acumuló tesoros para
su gloria personal o para vivir en un lujo desmedido. Él entendía que, si Dios
le había dado la victoria, el botín pertenecía a Dios. Esas riquezas serían
usadas más tarde por su hijo Salomón para la construcción del Templo.
Cuando Dios nos permite vencer
una dificultad o prosperar en un área, ¿qué hacemos con el "botín"?
¿Lo usamos para nuestro propio ego o lo consagramos para Su servicio y para
bendecir a otros?
El capítulo cierra mencionando
que David "hacía juicio y justicia a todo su pueblo" (v. 14). La
victoria militar no lo convirtió en un tirano. Su relación con Dios mantenía su
corazón equilibrado. Sabía que un líder victorioso ante sus enemigos debe ser,
ante todo, un servidor justo para su pueblo.
Antes de enfrentar nuestras
"batallas" de hoy (laborales, familiares o espirituales), declaremos
que la victoria depende del Señor.
Cada meta alcanzada es una
oportunidad para honrar a Dios. No retengamos la gloria que le pertenece.
Mantengamos la integridad, que
el éxito no cambie nuestro carácter. La verdadera victoria se refleja en cómo
tratamos a los que están bajo nuestro cuidado cuando estamos en la cima.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando
tu vida a Dios has esta oración:
Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi
corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que
me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

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