jueves, 5 de noviembre de 2026

Un momento... La soberanía de Dios sobre el tiempo

 


UN MOMENTO CON DIOS

La soberanía de Dios sobre el tiempo

 Juan 11: 1 – 44

 Cuando Lázaro enferma, sus hermanas Marta y María envían a llamar a Jesús, pero él se demora deliberadamente dos días más. Para cuando llega a Betania, Lázaro lleva cuatro días en el sepulcro y la desesperanza se ha apoderado de todos. En la vida cotidiana, a menudo sentimos que Dios llega "tarde" frente a nuestras crisis o peticiones.

Juan 11 enseña que los retrasos divinos no son muestra de indiferencia, sino de un propósito mayor: mostrar la gloria de Dios en situaciones que el ser humano da por perdidas o irremediables.

Uno de los versículos más reveladores del pasaje es "Jesús lloró". A pesar de saber que estaba a punto de resucitar a su amigo, Jesús no reprime su emoción ni invalida el sufrimiento de Marta y María, sino que se conmueve profundamente y comparte su lamento. En una sociedad actual que tiende a evitar el duelo o a exigir una fortaleza superficial, este pasaje recuerda que la fe no anula la tristeza. Cristo nos acompaña en el quebranto y valida el dolor como parte del proceso de sanación.

Al proclamar "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá", Jesús redefine el sentido de la existencia humana. La resurrección no es solo un evento futuro, sino una realidad presente en la persona de Cristo. Al llamar a Lázaro a salir de la tumba y ordenar "Desatadle y dejadle ir", Jesús demuestra su poder para devolver la vida no solo en el sentido físico, sino también para libertar de las "ataduras" emocionales, espirituales o de adicciones que mantienen a las personas sepultadas en la desesperanza.

Juan 11 invita a confiar en que la última palabra sobre nuestras vidas nunca la tiene la muerte ni la derrota, sino el Señor de la Vida.

Dios les bendiga abundantemente.

 

Si estás alejado o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta oración:

Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

 

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