UN MOMENTO CON DIOS
Un juicio hipócrita y
lapidario
Los escribas y fariseos
llevaron a la mujer ante Jesús utilizando su falta como un instrumento
legalista para tenderle una trampa, ignorando por completo la dignidad de la
persona y a su cómplice. En la actualidad, este comportamiento se refleja en
las redes sociales y entornos cotidianos, donde las multitudes se apresuran a
condenar, señalar y "lapidar" simbólicamente los errores ajenos. La
respuesta de Jesús, «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en
arrojar la piedra contra ella», desarma toda postura moralista y nos recuerda
que nadie posee la autoridad para erigirse como juez absoluto de la vida moral
del prójimo, invitando a la autocrítica y al reconocimiento de nuestras propias
faltas e incoherencias cotidianas.
Jesús no minimiza la gravedad
de la falta cometida, pero cambia radicalmente el enfoque punitivo por uno
redentor. Frente al deseo de la multitud de destruir, Jesús opta por inclinar
la tierra y escribir en ella, deteniendo la violencia impulsiva. Al quedarse
solos la mujer y Jesús, este último le pregunta: "¿Ninguno te
condenó?", y ante su respuesta negativa, sentencia: "Ni yo te
condeno; vete, y no peques más". Esta actitud enseña un equilibrio
indispensable para hoy: rechazar el pecado y la mala conducta sin destruir ni
descartar al ser humano. La gracia divina no valida el error, sino que otorga
un nuevo comienzo, restaurando la dignidad y ofreciendo la oportunidad real de
transformar el rumbo de la vida mediante el arrepentimiento genuino.
En este pasaje, la mujer es
tratada por los religiosos meramente como un caso de estudio o un peón político
para sus propios intereses. Jesús, en cambio, la mira a los ojos y la rescata
de la instrumentalización. Para el contexto actual, esto constituye un llamado
urgente a abandonar la manipulación del dolor o los tropiezos ajenos con fines
ideológicos, políticos o de superioridad personal, promoviendo en su lugar una
cultura de verdadera compasión, justicia restaurativa y responsabilidad ética
fundamentada en el amor al prójimo.
Dios les bendiga
abundantemente.
Si estás alejado
o si nunca antes hiciste una oración entregando tu vida a Dios has esta
oración:
Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados. Perdóname y limpia mi
corazón. Te entrego mi vida hoy; te recibo como mi único Salvador y te pido que
me guíes y habites en mí por siempre. Amén.

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